Complementos
Las gafas en la época modernista: historia, cristales de color y cómo elegir un modelo adecuado para la recreación histórica
Por Montse Díaz
El Vestidor Modernista
¿Existían realmente las gafas de sol durante la época modernista?
Es una pregunta que aparece una y otra vez entre quienes disfrutamos de la recreación histórica.
Cuando alguien empieza a preparar un personaje de finales del siglo XIX, no tarda en surgir la duda: ¿podían utilizarse gafas con cristales oscuros o de color, o son un invento mucho más reciente?
Durante mucho tiempo yo misma di por hecho la respuesta. Sin embargo, al comenzar a investigar descubrí que la realidad era bastante más compleja... y también mucho más interesante.
Tratados médicos del siglo XVIII, manuales de óptica, catálogos comerciales y publicaciones especializadas demuestran que los cristales coloreados existían mucho antes de que comenzara a utilizarse el término «gafas de sol». No eran un complemento de moda, sino un recurso destinado a proteger la vista de personas especialmente sensibles a la luz o que padecían determinadas enfermedades oculares.
Aquella primera pregunta terminó convirtiéndose en una investigación mucho más amplia. ¿Cuándo aparecieron realmente las gafas? ¿Desde cuándo se fabricaban cristales de color? ¿Qué colores recomendaban los médicos? ¿Qué modelos podían comprarse durante la Belle Époque? Y, sobre todo, ¿ qué tipo de gafas puede utilizar hoy un recreador sin caer en anacronismos?
Para responder a estas cuestiones he reunido y analizado tratados médicos originales conservados en la Biblioteca Nacional de Francia, publicaciones especializadas, catálogos comerciales de principios del siglo XX y obras de referencia sobre la historia de las gafas. A lo largo de este artículo compartiré ese recorrido documental con un objetivo muy sencillo: ofrecer información rigurosa, pero explicada de forma clara y útil para cualquier persona interesada en la recreación histórica.
Porque conocer la historia de las gafas no consiste únicamente en poner una fecha a su invención. Significa comprender cómo evolucionaron, por qué aparecieron nuevos modelos, qué función tenían los cristales coloreados y cómo la medicina fue cambiando su opinión sobre ellos con el paso del tiempo.
Antes de comenzar...
A lo largo de este artículo aparecerán términos como anteojos, gafas, pince-nez, impertinentes o gafas conservadoras.
Aunque hoy solemos utilizar la palabra "gafas" para referirnos a todos ellos, en la documentación histórica cada uno de estos nombres describe un tipo concreto de montura o un uso determinado. Conocer estas diferencias nos ayudará a entender mejor la evolución de este complemento y evitar algunos de los errores más habituales en la recreación histórica.

Los primeros pasos: ¿cuándo aparecieron las gafas?
Las gafas forman parte de nuestra vida cotidiana. Las utilizamos para leer, conducir, trabajar frente al ordenador o protegernos del sol. Resulta difícil imaginar que un objeto tan habitual sea, en realidad, el resultado de siglos de observación, experimentación y avances en el conocimiento de la visión humana.
Mucho antes de que existieran las gafas tal y como las conocemos, ya se utilizaban objetos capaces de ampliar las imágenes. Entre los hallazgos más conocidos se encuentra la llamada lente de Nimrud, descubierta en las ruinas de la antigua ciudad asiria de Nínive y datada aproximadamente entre los siglos VIII y VII a. C. También se han encontrado piezas similares en Pompeya, sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. Aunque su finalidad sigue siendo objeto de debate, algunos investigadores consideran que pudieron emplearse como lupas o para concentrar la luz, mientras que otros creen que muchas de ellas tuvieron un uso principalmente decorativo o simbólico.

La obra Histoire des lunettes, publicada en 1901 por el doctor Pierre Pansier, recoge estos primeros testimonios y los relaciona con las observaciones de diversos autores de la Antigüedad. Entre ellos destaca Séneca (ca. 4 a. C. – 65 d. C.), quien describió cómo una esfera de vidrio llena de agua aumentaba el tamaño de las letras, permitiendo leerlas con mayor facilidad. Pansier también menciona la conocida tradición según la cual el emperador Nerón (37-68 d. C.) contemplaba los combates de gladiadores a través de una esmeralda. Aunque esta historia ha llegado hasta nuestros días, no existe ninguna prueba que permita afirmar que aquella piedra actuara realmente como una lente correctora.
Estas referencias muestran que, desde la Antigüedad, existía un interés por comprender el comportamiento de la luz y su influencia sobre la visión. Un paso decisivo llegó en el siglo II, cuando Claudio Ptolomeo (ca. 100-170 d. C.) estudió la refracción de la luz en su tratado de óptica. Siglos más tarde, el científico árabe Alhacén (Ibn al-Haytham, 965-1040) desarrolló investigaciones fundamentales sobre la formación de las imágenes y el funcionamiento del ojo humano, sentando las bases de la óptica moderna.
Durante varios siglos estos conocimientos permanecieron en el ámbito de la ciencia y la filosofía, hasta que comenzaron a aplicarse con un objetivo práctico: mejorar la visión. En el siglo XIII, el filósofo inglés Roger Bacon (1214-1292) experimentó con lentes convexas y describió cómo podían ayudar a las personas de edad avanzada a leer textos de pequeño tamaño. Sus trabajos no supusieron la invención directa de las gafas, pero sí contribuyeron a comprender el enorme potencial de las lentes como ayuda visual.
La mayoría de los historiadores sitúan la aparición de las primeras gafas funcionales en el norte de Italia hacia 1285. Durante mucho tiempo se intentó identificar a un único inventor. Algunos textos atribuyeron este mérito a Salvino d'Armati, mientras que otros señalaron al dominico Alessandro della Spina, conocido por fabricar y difundir unas gafas cuyo procedimiento de elaboración había aprendido de otro artesano. Una de las referencias históricas más citadas es el sermón pronunciado en 1305 por el dominico Giordano da Rivalto, quien afirmaba que aquel invento tenía apenas unos veinte años de antigüedad, un testimonio que sitúa su aparición a finales del siglo XIII.
Más allá de esta controversia, lo realmente importante es que, hacia finales del siglo XIII, las gafas ya existían y comenzaban a difundirse rápidamente por Europa. Aquellos primeros modelos estaban destinados casi exclusivamente a corregir la presbicia, es decir, la dificultad para enfocar los objetos cercanos que aparece con la edad. Consistían en dos lentes convexas unidas por un pequeño remache y se sostenían sobre la nariz o con la ayuda de la mano, ya que las patillas no aparecerían hasta varios siglos después.
Su utilidad fue tan evidente que, en apenas unas décadas, comenzaron a representarse en pinturas, manuscritos iluminados y esculturas. Uno de los ejemplos más conocidos es el retrato del cardenal Hugo de Saint-Cher, pintado hacia 1352 por Tommaso da Modena, considerado una de las primeras representaciones realistas de unas gafas. Gracias a estas imágenes sabemos que dejaron de ser una rareza para convertirse en una herramienta cada vez más habitual entre religiosos, escribanos, médicos, juristas y todas aquellas personas cuyo trabajo dependía de la lectura y la escritura.
No eran un símbolo de lujo ni un accesorio de moda. Eran, ante todo, una herramienta que permitía seguir leyendo, estudiando o trabajando cuando la vista empezaba a fallar. Aquellas sencillas monturas unidas por un remache marcaron el comienzo de una evolución que, con el paso de los siglos, daría lugar a nuevos tipos de lentes, monturas cada vez más sofisticadas y, finalmente, a los cristales de color que protagonizan buena parte de este artículo.
De un invento útil a un objeto imprescindible
Tras su aparición a finales del siglo XIII, las gafas demostraron ser un invento de enorme utilidad. En una época en la que los libros eran manuscritos valiosos y la lectura estaba reservada a una minoría de la población, recuperar la capacidad de leer suponía prolongar durante años la actividad intelectual y profesional de muchas personas.
Durante los siglos XIV y XV las primeras gafas comenzaron a difundirse por toda Europa. Su diseño apenas varió durante este periodo. Continuaban formadas por dos lentes convexas unidas mediante un pequeño remache y carecían de patillas, por lo que debían sostenerse sobre la nariz o con la mano. A pesar de su sencillez, representaban un avance extraordinario para quienes padecían presbicia.
Las representaciones artísticas de la época permiten seguir esta evolución casi paso a paso. Pintores y miniaturistas comenzaron a incluir personajes con gafas en escenas religiosas, retratos y manuscritos iluminados. Estas imágenes no solo constituyen una valiosa fuente iconográfica, sino que demuestran que las gafas habían dejado de ser una curiosidad para convertirse en un instrumento conocido y respetado.
Con el paso del tiempo también cambió la percepción social de este nuevo invento. Durante los primeros años fueron utilizadas principalmente por religiosos, copistas, médicos y juristas, profesiones estrechamente ligadas a la lectura y la escritura. Más adelante comenzaron a emplearlas comerciantes, notarios, funcionarios y otros miembros de una burguesía cada vez más alfabetizada.
Sin embargo, aquellas primeras gafas tenían una limitación importante: únicamente corregían la dificultad para ver de cerca. Las personas miopes seguían sin disponer de una solución eficaz. Hubo que esperar hasta finales del siglo XV para encontrar las primeras referencias documentadas al uso de lentes cóncavas destinadas a corregir la miopía. La tradición atribuye al papa León X (1475-1521), gran aficionado a la caza, el uso de este tipo de lentes para ver con mayor claridad los objetos lejanos.
A partir de ese momento comenzó una nueva etapa en la historia de las gafas. Ya no se trataba únicamente de ayudar a quienes habían perdido visión con la edad, sino de adaptar las lentes a diferentes problemas visuales. Este cambio impulsó el desarrollo de la óptica y favoreció el trabajo de artesanos cada vez más especializados.
Durante los siglos XVI y XVII también evolucionaron las monturas. Los materiales se diversificaron y aparecieron diseños más refinados, aunque el principio de funcionamiento seguía siendo el mismo. Poco a poco, las gafas dejaron de ser exclusivamente una herramienta para convertirse también en un objeto cuidadosamente elaborado, en el que la funcionalidad empezaba a convivir con la estética.
El conocimiento científico avanzó igualmente a gran velocidad. En 1604, Johannes Kepler explicó que la imagen se forma en la retina y no en el cristalino, una idea que transformó la comprensión del funcionamiento del ojo humano. Apenas unas décadas después, en 1623, el español Benito Daza de Valdés publicó en Sevilla Uso de los antojos para todo género de vistas, considerado el primer tratado práctico dedicado al empleo de las gafas y a la elección de las lentes más adecuadas según la vista de cada persona.
Aquellos avances marcaron el inicio de una nueva etapa. A partir del siglo XVII las gafas dejaron de ser únicamente un invento ingenioso para convertirse en un campo de estudio científico. La medicina, la óptica y los artesanos comenzaron a trabajar de forma cada vez más estrecha, sentando las bases de las innovaciones que llegarían durante los siglos XVIII y XIX.
Y precisamente en ese momento aparece un elemento que resulta especialmente interesante para quienes nos dedicamos a la recreación histórica: los cristales de color. ¿Cuándo comenzaron a utilizarse? ¿Con qué finalidad? ¿Eran realmente unas "gafas de sol" o respondían a necesidades médicas muy concretas? Las respuestas se encuentran en los tratados médicos de los siglos XVIII y XIX, que analizamos seguidamente.



